ENTREVISTA A IRMA SÁNCHEZ
"Es un grano de arena, pero se va multiplicando"


En el pueblo de Irma no
había secundaria


En el grupo Tercera Edad
enseña pintura sobre tela

 

Irma tiene 69 años, y muchas experiencias para contar. Nacida en Las Varillas, un pueblo de Córdoba, vino a Buenos Aires cuando se casó. Siempre participó activamente en la vida parroquial, y ahora, viuda y con sus hijas ya grandes, enseña pintura sobre tela en el grupo Tercera Edad de EnAcción.

“Mis padres eran españoles, se conocieron acá y tuvieron diez hijos, yo era la única mujer. En mi familia que había que trabajar para salir adelante. Mi papá trabajó en un montón de cosas: puso un hotel, después un criadero de nutrias, se fundió y trabajó de cocinero en un manicomio, de todo. Con mis hermanos y cinco vecinos hacíamos cuatro kilómetros todos los días hasta el colegio. Íbamos toda la banda y nos divertíamos como locos... son recuerdos muy lindos de mi infancia”.

“En el ’60 me casé y vine a vivir a Buenos Aires. Acá fue luchar, se acabó la vida linda. Fui feliz de otra forma, porque tuve mi familia, mis hijas, mi hogar. Mi esposo tenía un empleo pero en el Estado no cobraba mucho. Mis dos hijas fueron al colegio y después a la Universidad. Yo cosía vestidos de novia hasta las tres de la mañana para pagarles los estudios, y con eso comíamos y nos vestíamos, no mucho más. Fue difícil. Yo venía de un pueblo donde tenía mi lugar, todo el mundo me conocía, era alguien. Y aquí pasé a no ser nadie. Muchas veces me sentí el último orejón del tarro”.

“Cuando vine a vivir acá, la calle era de barro, era feo. Entonces se reunieron los comerciantes y vecinos para hacer el terraplén y los cordones. Formaron una comisión, hicieron choripanes, empanadas y bailes para juntar dinero. Todos participaron: los que podían pusieron plata, y los que no, pusieron trabajo. Fue lindo porque el barrio se integró con la cuestión del asfalto, se conocieron unos a otros”.

“Cuando mi marido se retiró me dijo: ‘No trabajés más, si con mi jubilación vamos a vivir bien los dos, las chicas ya se casaron...’. Entonces me quedé con dos o tres clientas y me dediqué a lo que a mí me gusta, a pintar. Aprendí, fui a clases, me sirvió como terapia y me hice muchas amigas. Ahora enseño pintura sobre tela en el grupo de Tercera Edad. Yo doy algo de mí pero ellos me dan mucho también. Por ejemplo el lunes estaba medio bajoneada por unos problemitas que no son tanto problema. Hasta tenía un brazo que me dolía y no lo podía levantar, ¡y me olvidé de todo!”.

“Lo que se hace está muy bien, han cambiado el barrio. La ayuda con la mercadería es muy importante. Ahora aumentó un poco la jubilación, pero pasaban hambre los abuelos, y pasan hambre. Hay una abuela que cobraba $120 y gastaba $150 nada más en los remedios para los ojos. Tenía la honradez de pedirnos prestado, y después no sé cómo pero nos devolvía. Con el bolso de la mercadería comía nomás”.

“¡Vos no sabés cómo era antes la gente acá! Eran muy uraños, pero hay mucha gente que ha salido a dar la cara e intentar algo mejor. Los chicos se daban mucho a la droga, las abuelas al principio no hablaban, y muchas mujeres que después pasaron por Mujeres Nuevas se sentían como marginadas, estaban como miedosas. De apoco se van integrando y te das cuenta son igual que uno, tienen tanta sabiduría como cualquiera. Son gente que tienen escondido todo lo que tienen dentro, no se animan a largarlo. El trabajo que se hace es un grano de arena en el río, pero ese granito se va multiplicando”.